lunes, 2 de abril de 2018

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Tablas Reales


Se le llama fase de contacto porque es el período en el que nuestras fichas todavía se mueven en territorio rival. Se exponen a ser capturadas, por eso se mueven con cuidado aunque sin pánico. Avanzan con saltos precisos y se protegen, como los griegos, en la espalda del compañero. 
Una partida de Backgammon consta de un segundo momento, que es la fase de carrera, en la que la adrenalina inyecta en cada una de las fichas la desesperación por llegar más rápido al territorio propio y salir del juego. En esta fase ya no hay contacto con el rival. Las fichas huyen despavoridas, mirando de reojo la carrera del contrario, presas de la envidia y un caprichoso preconcepto sobre la injusticia. 
Ciertamente, el juego requiere de ambas fases. La segunda es la del recuento, necesaria para no olvidar que se trata de un juego, y en la que las fuerzas del azar acabarán dictando quién se queda con la victoria. Pero es en la primera donde se produce el verdadero enfrentamiento, donde la astucia vale tanto o más que la suerte: mi momento preferido, en el que dejo a tu merced mis fichas descubiertas, para que las captures y alimentes mi fantasía de que el contacto dure para siempre.

martes, 27 de marzo de 2018

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Dos piedras de futura mirada



Porque donde unas cuencas vacías amanezcan, 
ella pondrá dos piedras de futura mirada 
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan 
en la carne talada.
Miguel Hernández

Será que no hay libertad posible sin despedazarse primero. Nuestros brazos y piernas, digo, sean quizás también cadenas. O incluso aquél impulso libertario de Edipo, de arrancarse los ojos, no hace más que reafirmar que es necesario desmembrarse para ser libre.
Ahora, confiemos, como el poeta, en el buen ojo de una mujer en tetas que pondrá cada cosa en su lugar cuando ya todo esté perdido.



lunes, 5 de junio de 2017

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Telarañas



Trampa perfecta, la telaraña es a la vez tela y araña, es artefacto y artífice. La palabra es, también, única en su clase, porque no existen en español términos como *mordidalobo o *venenovívora, ni siquiera en el terreno mítico, donde podríamos tener *cantosirena o, mejor aún, *laberintoro. El lenguaje se reserva, cada tanto, el derecho de generar una palabra excepcional que sea capaz de escenificar un microcosmos. 
La tejedora diseña su mandala indistinguible de ella misma, quizás consciente de que está representando el macrocosmos como una continuidad entre el artista y su obra. Mientras vive, la araña sabe que su dispositivo multiplica el alcance de sus ocho manos, y puede comer cada vez que algún incauto se enreda en el entramado. 
Pero aunque la trampa esté ligada a su creadora, al morir la arquitecta su construcción no dejará de ser efectiva. Permanecerá inconmovible hasta que atrape algo lo suficientemente grande como para justificar su desaparición del mapa. Sólo entonces, el diseño extraordinario será borrado igual que un mandala de polvo.


Foto: Vero Cozzi

sábado, 27 de mayo de 2017

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En otro orden de cosas



También están aquellos a quienes alegran las novedades anacrónicas. Parecen moverse en reductos periféricos, valorando de pronto la emergencia de un objeto que, por pequeño que sea, recupera el encanto de la letra impresa y de la imagen que ocupa un lugar en el espacio. Algo que se toca, que se guarda, que se atesora intruso en la biblioteca.  
En Otro Orden de Cosas orienta sus brújulas hacia esas manos que todavía se emocionan al abrir una caja. En su interior habitan imágenes y palabras sin sujeción que, desordenadas pero no caóticas, se reúnen al abrigo sustancial de un cuerpo. Igual que un cofre o un pequeño cajón, como decía Bachelard, pertenece al dominio de los objetos que se abren. Y la única llave es la mirada del lector que penetra en su intimidad para aventurar un sentido nuevo, un orden lúdico y fugaz que conceda a las cosas la sustancia efímera del goce. 


viernes, 26 de mayo de 2017

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Sistemas de posicionamiento



Según parece, la cosa está en tomar posiciones, igual que en un juego de tablero, y asumir si uno compite desde el centro o desde la periferia. Lo mismo se aplica tanto a los poetas de vanguardia como a las aves migratorias. 
Al ornitólogo alemán Wolfgang Wiltshko no le interesaba mucho la poesía, por eso dedicó su vida al estudio de esos otros seres alados, más pequeños y maleables. Cada mañana se preguntaba, como si fuese lo único importante, cómo hacían para orientarse los pájaros durante sus períodos migratorios. Después de numerosas investigaciones, contando una interminable lista de disecciones, llegó a la conclusión de que ciertos pajarracos vienen dotados de cristales de magnetita en sus cerebros, lo que les proporciona una suerte de brújula natural, la capacidad de seguir el curso de campos magnéticos. La Academia de Ornitología aplaudió este descubrimiento y hoy por hoy Wiltshko se vanagloria de haber visto su rostro regordete dibujado junto al petirrojo europeo en el dorso billete de catorce marcos, una semana antes de que el Euro viniera a unificar todas las monedas. 
Cuentan los que a menudo callan, que fue su discípulo Richard Ruben el único que se atrevió a contradecir al maestro. La teoría de Ruben era diametralmente opuesta: decía que, en realidad, ciertos cristales de magnetita vienen dotados de pájaros con el fin de alcanzar determinadas trayectorias, y que todo comportamiento, tanto terrestre como sideral, no es otra cosa que el síntoma de intensidades magnéticas solapadas. 
Ya nadie recuerda a Richard Ruben, salvo algunos silenciosos poetas que se saben inmejorablemente periféricos y que nunca verán su cara impresa en la moneda corriente. 

Publicado en En Otro Orden de Cosas  #1 - otoño 2017

domingo, 9 de octubre de 2016

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Las verdes ideas incoloras


La ciencia cognitiva nos devuelve al binomio alma-cuerpo. Reciclamos el concepto y actualizamos la terminolgía. La mente es el software. El cerebro es hardware.

Quizás de puro supersticioso, en un querido sarcófago de cartón, guardo el cadáver verde y brillante de un cartucho de Nintendo. Su morfología no permite descifrar qué clase de espíritu la habitaba. No hay nada en esos senderos dorados que recuerde al plomero italiano de mostacho oscuro que comía hongos para crecer y flores para ser indestructible. Ese cuerpo quieto no se le parece en nada.

Será que nunca estuvo ahí. Que el laberinto al que la luz era sometida, despertaba en mi mirada un ser inmaterial. La vida está del lado del que ve, nunca en la cosa. Quien lea hoy o mañana este acertijo seguramente participe de la misma maravilla. 


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Antimetáfora Gastronómica #1

#1. Qué té querés.


Cuando el abanico de infusiones adecuadas para un momento determinado se ramifica en exceso, se vuelve necesario un tipo de cálculo cuya fórmula está al alcance de muy pocos. Elegir té supone un algoritmo prácticamente incomputable. Lo más fácil, por lo general, es elegir un té común. Responde a parámetros medianamente estandarizados. Pero quien quiera ensayar la perfección (que no es sino una experiencia) debe considerar una cantidad inagotable de variables, entre las cuales podemos suponer:


  • Las cualidades de la comida que se está digiriendo en ese preciso momento.
  • La textura del saquito al presionarlo con la cuchara.
  • La composición mineral u origen del agua.
  • La hora y la distancia del sueño.
  • La disposición astronómica.
  • El principio de sinestesia.
  • La compañía humana.

Es esperable, entonces, que pienses tanto después de una pregunta tan sencilla.